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Cabecita Negra

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Cabecita Negra

Adaptación de Idilio de Guy de Maupassant

Leopoldo tenía los ojos vidriados de no haber pegado un ojo en la madrugada fría de agosto en su cama improvisada de cartones, sobre el suelo de cemento, a un costado de las viejas boleterías de la estación. Cojeaba no por un problema motriz, sino por los zapatos destaconados que antes de que fueran de él,  habían sido remendados. Llevaba un pantalón holgado que sobraba por todos lados, en sus piernas delgadas de mosquito y en sus caderas el cinturón daba dos vueltas. Un pulover percudido, deshilachado y estirado y su pelo negro aplastado en la nuca, revuelto, peinado al viento. Su tez morocha marrón oscuro y una bigotes cantinflas donde asomaban varios pelos por encima de la comisura de sus labios por donde brotaba un aliento desesperado. 

Caminó golpeando a cada paso a contramano del malón de personas que bajaban de los vagones de los trenes en la terminal de Constitución. Cada tanto se detenía frente a los tachos de basura, pitaba cigarrillos a terminar que la gente desesperada en el caminar arrojaba al suelo sin apagar. Tomó algunos sorbos de una botella al cesto de basura. Un pedazo, el culito de pan sobre el andén, que para agarrarlo tuvo que hacer disparar la horda de palomas que disparadas, fueron a los hierros del techado. Cada tanto se agarraba la panza de los retorcijones de hambre. Meó apenas un chorro contra un mural que invitaba a hacer la revolución. Caminó hasta el andén uno, con los ojos fríos y empañados. El guarda hacía señas a mano alzada con un pañolenci verde mientras pegaba dos silbatazos y la locomotora comenzó a traccionar a pasos lentos.   Leopoldo con la poca fuerza que le quedaba en su débil y escuálido cuerpo trepó la escalinata. Con su respiración agitada que parecía vomitar los pulmones, con la cabeza gacha buscó un primer asiento vacío, en un vagón vacío, desplomó su cuerpo contra una ventana y con los primeros traqueteos de los durmientes, cerró sus ojos. 

El tren acababa de salir de Plaza Constitución camino a Mar del Plata. Cruzó el riachuelo. A lo lejos se veía el puente de hierro del puerto de La boca con el fondo anaranjado que brotaba del horizonte  del río de La Plata. Siguió pasos atravesando cada ciudad; Avellaneda, Lanus, Banfield, Lomas, Temperley sin detenerse y dejando atrás personas que transitaban la zona como muñequitos en una maqueta de escala inferior. Leopoldo dormitaba y sintió la presencia de  alguien en el asiento enfrentado. Por la hendija de la persianas metálicas  bajas, se colaba la claridad de un sol de principios de septiembre, y por el vidrio entreabierto fluía una brisa que inmediatamente le llevó a sus narices el perfume a lavanda y olor a ropa limpia y un suave sonido de respiración. Unas rodillas chocaron suavemente con las de él.

La humareda negra se esparcía en lo alto de la locomotora dejando huella de su pasar en el cielo. El tren siguió las profundas ondulaciones de la larga llanura de campos secos, algunos verdosos, de estepas y pajonales, cursaba arroyos y frenaba en las pequeñas estaciones de chapa y madera en lo profundo de la Buenos Aires. En Chascomús el tren se detuvo más de la cuenta. Un hombre de boina blanca y  chaqueta subió con una bandeja colgada del cuello ofreciendo vasos de coca-cola y Fanta. El diariero gritaba Critica y la Razón y los principales titulares que daban cuenta del suicidio de Lisandro de la Torre.

Entre pasos y gritos, el sueño de Leopoldo se interrumpió, le costó despegar sus ojos bien cerrados. Fue en ese instante que descubrió sentado de frente, una voluminosa mujer. Se miraron de vez en cuando sin hablarse. La mujer, de veinticinco años, iba sentada mirando por la ventanilla el paisaje vacío. Era una robusta campesina de ojos negros, pechos abultados entre las que se perdía una virgencita de Lujan. Era delgada de pómulos anchos igual que sus caderas. Su tez blanca, era más blanca por el contraste con su pelo azabache . Había metido debajo del asiento de madera varios paquetes, y conservaba encima de sus rodillas un canasto.

El sol ascendía en el cielo y al tren de vuelta en marcha, le penetraba y revoloteaban por los aires aromas deliciosos, en todos su vagones por las ventanillas abiertas. Los naranjos y limoneros en flor con sus perfumes dulzones, tan gratos, tan fuertes y tan inquietantes, mezclándose con el hálito de las rosas que brotaban en todas partes como las hierbas silvestres, a lo largo de la vía, en los jardines lujosos de las estancias, en las puertas de las chozas y en pleno campo.

El tren iba muy despacio entreteniéndose en esos jardínes, en aquella blandura. Se paraba a cada instante cada tanto a paso de hombre echaba a andar otra vez, a pasos tranquilos, después de haber lanzado silbidos que rompía con la melodía de pájaros revoloteando de un lado a otro. 

La mujer cerraba de vez en cuando los ojos, pero volvía a abrirlos bruscamente al sentir que la cesta se le iba de las rodillas. La volvía a su sitio con gesto rápido, miraba durante algunos minutos por la ventanilla y se amodorraba de nuevo. Gotas de sudor le cubrían la frente, y respiraba con dificultad, con quejidos de molestia, incomodidad, una opresión dolorosa.

El joven había dejado caer la cabeza y dormía profundamente en su débil cuerpo, ansiando llegar lo más pronto posible a destino para terminar con las náuseas de hambre que lo descomponía con cada perfume que le revolvía las tripas.

Súbitamente, la mujer en un nuevo intento que la canasta se fuera al suelo, la tomó, la acomodó bien sobre sus muslos. Se despabiló, se estiró sobre su asiento, alzando los brazos y lanzando un inmenso bostezo. Refregó delicadamente sus ojos con sus dedos. Buscó dentro de esa misma canasta, un trozo de pan que devoró en dos bocados, hizo lo mismo con una manzana y unas ciruelas coloradas. A Leopoldo le llegó de forma inevitable el aroma de las frutas y no pudo seguir durmiendo. Refunfuñó, clavó la mirada en la ventana sin poder evitar cada tanto echarle un vistazo a la mujer que terminaba con los últimos mordiscos hasta quedarse entre sus dedos la pulposa ciruela que terminó de tragar.

De refilón miraba los dedos de la mujer hundidos en la piel de la ciruela, el jugo corriendo, sus dientes y sus labios besando la fruta, miraba el cuello de la joven como tragaba, podía percibir la frescura, el placer, seguía con la vista el trayecto de cada bocado. Ella comía con gula y cada tanto dejaba escapar un ligero resoplido.

En cuanto ella acabó de comer, el joven cerró los ojos. La joven se sintió algo apretada y se aflojó el corpiño. El joven con disimulo la volvió a mirar. La mujer se fue desabrochando el vestido; la fuerte presión de sus senos apartaba la tela, dejando ver, entre los pechos, una abertura creciente, dejando a la vista el borde de su corpiño claro que entonaba con su piel.

-No se puede respirar, de tanto calor. – dijo ella mirándolo directo a los ojos

-Hace un tiempo hermoso para viajar. -le respondió algo vergonzoso

Enseguida se pusieron a hablar de cosas triviales, se dijeron sus nombres,sus oficios, y porque el destino los puso sobre el mismo tren. Sin darse cuenta sonreían y por las horas que faltaba para llegar al final del camino, hasta se sintieron crecer una amistad como si se conocieran de toda la vida. Las frases salían rápidas, precipitadas, de sus labios, con las sonoras terminaciones y el acento provinciano del norte de él y la cadencia paisana en las palabras de ella.

Amanda le había contado que recientemente había enviudado al poco tiempo de haber nacido su tercer hijo, y a quienes los dejó al cuidado de una hermana en un pueblo a las afueras de General Pueyrredon, para probar suerte como ama de llaves con cama adentro en una familia de Recoleta.

Él iba de un lado a otro, buscando suerte a donde los trenes lo dejaran, mas que suerte trabajo, en algún campo como peón golondrina. 

Guardaron silencio.

El calor se iba haciendo insoportable, a pesar que el día amaneció fresco y eran los primeros días de Setiembre, donde aún sobreviven las brisas de agosto. Otra vez se volvieron a dormir los dos viajeros. Y se volvieron a despertar al mismo tiempo. Creyeron estar cerca, el viento arrastraba perfume del salitre en el aire.

Amanda miraba por la ventana, estaba fastidiosa y no le alcanzaba  estar con el corpiño abierto. Se movía de un lado a otro. Movía sus hombros en círculo, lo mismo sus muñecas y giraba su cabeza intentando sonar su cuello contracturado. Se abanicaba con la mano, le habían trepado unos calores. Jadeaba; y exclamó con voz fatigosa:

-Desde ayer no he dado el pecho, y estoy mareada, como si fuera a desmayarme.

El joven no contestó, porque no supo qué decir.

-Ustedes los hombres la tienen fácil cuando se hacen padres. En cambio nosotras sufrimos en el parto y después con los cambios en el cuerpo. A pesar de que ya es el tercero, uno nunca se acostumbra a las incomodidades. Ahora tengo una gran cantidad de leche, es indispensable dar de mamar tres veces al día al crío; de lo contrario, una se siente molesta, pesada, dolorida. Es como si llevase un peso de piedras sobre el corazón, un peso que me impide respirar y que me deja aplanada. Es una desgracia tener tanta leche.

Él murmuró:

-Sí. Es una desgracia. Eso debe de molestarla mucho.

Ella disimulaba lo que quedaba a la vista. Se tocaba sus pechos, trataba de acomodarlos para quitarse algo de presión.

-Con sólo apretar encima, sale la leche como de una fuente. Es un espectáculo curioso. Parece increíble.

-¡Ah, sí! -exclamó el joven.

-Cómo lo oye. Pero de todas formas, con solo apretar con los dedos no saldría toda la cantidad necesaria. – No dijo más.

El tren mantenía su marcha lenta pero constante cuando escuchó el llanto de un niño y enseguida apareció a la vista de ellos, alzado en los brazos de la madre que ya no sabía qué hacer para calmarlo y lo paseaba de un lado a otro por los pasillos.

Amanda la contemplaba y cuando la tuvo cerca le dijo con voz de lástima:

-Disculpe mi intromisión, Quizás usted no tenga para amamantar y yo podría aliviar el hambre de su niño. Y yo podría aliviarme. 

La mujer con el niño en brazos dudó al principio, le dio resquemor y después de un largo silencio se lo entregó. El bebé apenas se acomodó en el regazo de Amanda, sin que esta, llegara a poner su pezón  al descubierto, el niño se retorcía, parecía exorcizado, no había manera de calmarlo, se lo tuvo que entregar de vuelta y de inmediato se perdieron por donde vinieron.

Amanda estaba extenuada, el rubor de las mejillas daba cuenta de la dolencia. Creía que iba a desvanecerse en cualquier momento. Se pasó varias veces la mano febril por la frente sudorosa, y se lamentó:

-No puedo aguantar más. Creo que me voy a morir.

Y se abrió completamente el corpiño con gesto inconsciente.

Surgieron sus dos enormes tetas firmes, blancas, con sus pezones morenos duros y febriles.

-¡No doy mas!

El joven, confuso, nervioso, balbució

-Señora… Tal vez yo… podría aliviarla… es que también estoy pasando hambre.

Ella le contestó con voz entrecortada:

-Desde luego… si es tan amable. Me haría un gran favor. No puedo resistir más; no puedo resistir más.

El joven se arrodilló delante de ella, y la mujer se inclinó, tomó su pecho con sus dos manos, poniéndole uno de los pezones  en la boca. Apareció en la punta una gota de leche. El joven pasó la lengua obligando a la gota quedar en su labio y despacio pero con avidez y en el traqueteo del tren, se prendió como un cachorro. Apretó el pezón succionando, era un niño recién nacido, con la areola en sus narices, respiraba el perfume suave de jabón rosa mosqueta. Chupaba con gula mientras miraba las expresiones de tranquilidad, de paz. La mujer se dejó vencer con los ojos echados para atrás de calma indolora en aquellas tetas duras y pesadas.

-Ya me he descargado bastante de ésta. Coja ahora la otra. – invitó a Amanda, mientras Leopoldo la miraba con ojos de  ternero.

La tomó, a la mujer, de la cintura con docilidad con sus dos brazos y se la apretaba, para acercarla más; y bebía a tragos, lentamente.

La mujer puso sus dos manos encima de las espaldas del joven y respiraba profundamente, con felicidad, mientras saboreaba el olor a hierbas mezcladas de mar que se colaba por la ventana del vagón.

-¡Qué bien huele! -dijo ella.

El joven no contestó; seguía bebiendo de aquel manantial y cerraba los ojos sin importar nada del entorno.

Ella lo apartó con suavidad.

-Basta. Me siento mejor.

Leopoldo se levantó secándose la barbilla y su boca con el revés de la manga.

Amanda acomodó  sus tetas dentro del corpiño para emprolijar el escote donde se volvió a perder la virgencita de Luján

-Me ha hecho usted un gran favor. Se lo agradezco mucho.

El joven carraspeó, por respeto tapó su boca.

-Soy yo quien le da las gracias, señora. ¡Llevaba dos días sin probar bocado!

FIN